domingo, 21 de mayo de 2017

Los jemeres rojos: cuando el sueño de la razón produce monstruos




Nos asombramos y escandalizamos, con razón, de la ferocidad que pueden alcanzar los regímenes totalitarios en su paranoia represiva. Enseguida nos vienen a la mente los campos de exterminio nazis o el Gulag siberiano de Stalin.  Ello es lógico tanto por la cantidad de víctimas que ocasionaron cada uno de ellos como por el predominio de una visión eurocéntrica en el análisis histórico más divulgado. Pero han existido otros genocidios que, con un criterio de proporcionalidad, han sido más terribles, baste ahora recordar tres: el genocidio de Ruanda, el de Camboya (o Kampuchea) y el Gran Salto Adelante de Mao Zedong.
1. Introducción histórica.
Camboya se independizó de Francia en 1953, conformándose como una monarquía bajo el reinado de Norodom Sihanouk. Se inició entonces un proceso de modernización económica y social que comenzó a truncarse con el inicio de la intervención norteamericana en el vecino Vietnam; cuando Sihanouk intentó preservar su país de la guerra fue respondido por EE.UU. con un golpe de estado que aupó al poder al general Lon Nol, más favorable a consentir su intervención en suelo camboyano para atacar al vietcong. En el contexto de la lucha contra la dictadura militar y los Estados Unidos surgieron los Jemeres Rojos, que acabaron tomando el poder el 1 de abril de 1975. Su base política fue el Partido Comunista de Camboya, creado en 1951 y que en los años setenta cambiaría su nombre por el de Partido Democrático de Camboya. La toma del poder de esta guerrilla significó la imposición de un régimen político dictatorial aunque, imitando a los regímenes comunistas de Europa, adoptó la denominación oficial de República Popular de Kampuchea. Pol Por fue su principal dirigente.
Entrada de los Jemeres Rojos en Phnom Pehn. Fuente: http://elordenmundial.com/
2. La ideología y la acción política.
El comunismo camboyano se inspiraba ideológicamente en la interpretación maoísta del marxismo y su objetivo era crear un modelo de sociedad basado en la explotación agraria y en el modo de vida rural. En su interpretación de la lucha de clases, el campesinado era la fuerza revolucionaria. El odio a la industrialización y al capitalismo provenía de la consideración de que la modernización y el progreso científico y tecnológico eran formas de colonialismo. Esta postura ideológica se mezcló con un nacionalismo xenófobo, principalmente antivietnamita y antinorteamericano.
Para lograr el objetivo señalado aplicaron un estricto control de los camboyanos mediante crueles métodos totalitarios que significaron la militarización de la población y la práctica cotidiana de detenciones, torturas y asesinatos.
El programa genocida se basó en estos fundamentos:
  • La creación de una sociedad agraria basada en los principios del igualitarismo extremo. Toda propiedad privada quedó prohibida, incluidos los objetos personales y la comida. Esta era proporcionaba por el Estado.
  • Se impidió la utilización de las máquinas fabricadas en el extranjero –que eran todas–, la lectura de textos en otras lenguas, etc. Se asesinó a toda la población que hubiese recibido cualquier tipo de formación; el país se quedó sin profesionales: médicos, maestros, ingenieros,… Se llegó a asesinar personas por llevar gafas. Se suprimieron las escuelas, las universidades, los hospitales, …
  • La vida urbana fue suprimida y las ciudades despobladas. Las personas capaces de trabajar, independientemente de su profesión, fueron enviadas al campo a cultivar la tierra de forma forzada.
  • Toda la población fue sometida a sesiones de reeducación mediante la enseñanza de la doctrina jemer. Si la persona no se reeducaba era asesinada.
  • Para fomentar el aislamiento del país se sembraron de minas antipersonales todas las fronteras.
Niños camboyanos trabajando en el campo. Fuente: https://s-media-cache-ak0.pinimg.com
3. El genocidio.
El genocidio camboyano afectó a todos los sectores de la población; incluso los mismos miembros de los jemeres fueron sus víctimas y las causas no fueron solamente las ejecuciones sino también las enfermedades, el hambre y los trabajos forzados. Cualquier sospechoso de oponerse a la revolución jemer o de haber recibido una formación técnica o universitaria era arrestado  y enviado a centros de detención donde muchos morían después de recibir torturas casi diarias –latigazos, descargas eléctricas, aceite hirviendo, …–. Se calcula, por ejemplo, que unas quince mil personas ingresaron en el campo S-21 Tuoi Seng, situado en Phnom Penh, y que solamente diez consiguieron salir vivas de él.
Osario de víctimas de los Jemeres en Phnom Penh. Fuente: http://elpais.com/
Algunos de los protagonistas de las detenciones eran niños que también combatían como soldados. Se anticiparon así a la creación de la figura de los niños soldados que se expandió desde finales del siglo pasado en los conflictos africanos. Este protagonismo les fue concedido porque los líderes jemeres pensaban que los niños no estaban contaminados por las influencias capitalistas y colonialistas y eran, por tanto, una generación “pura” que sería la responsable de sacar al país del subdesarrollo.
Khmer Rouge Guerrilla soldiers. Fuente: Daily Mail
Por el número proporcional de sus víctimas –entre millón y medio y tres millones, de una población de 12 millones de personas– nos enfrentamos a uno de los mayores genocidios documentados de la humanidad. Afortunadamente la política genocida duró poco porque gobernaron poco tiempo: sólo cuatro años, entre 1975 y 1979.
Las víctimas de tal genocidio no fueron solamente los opositores, técnicos o intelectuales. Se eliminó también a la población musulmana de la etnia cham, a las familias con ascendencia vietnamita, a los creyentes de otras religiones –todos los monjes budistas fueron obligados a abandonar sus monasterios y los trasladaron a campos de trabajo, donde se piensa que murieron unos 55.000–.
Zonas controladas por los jemeres rojos hasta 1998. Fuente: https://openendedsocialstudies.files.wordpress.com
El final del régimen de los Jemeres se produjo gracias a una intervención militar vietnamita en 1978. La proliferación de conflictos fronterizos y la llegada masiva de refugiados a Vietnam provocaron la invasión militar para la que contaron con la colaboración de opositores a los Jemeres
Perdido el poder, se refugiaron en las áreas boscosas del oeste del país desde donde iniciaron una guerra de guerrillas contra el nuevo gobierno pro vietnamita. El conflicto se prolongó hasta la muerte de Pol Pot en 1998.
El nuevo régimen posibilitó el descubrimiento y la investigación del genocidio del régimen Jemer. Veinticinco años después la ONU creó una Cámara Especial dentro de los Tribunales de Camboya con el objeto de perseguir y enjuiciar a los responsables del genocidio. Esta cámara, que comenzó a operar en 2007, está formada tanto por magistrados camboyanos como por otros internacionales y ya han sido varios los criminales enjuiciados y condenados.
Actuación del Tribunal Internacional. Fuente: AFP
5. El juego geopolítico.
Durante el conflicto vietnamita la guerrilla de los jemeres rojos colaboró con el vietcong en su enfrentamiento con Estados Unidos. La derrota estadounidense dejó aislada a la república del general Lon Nol y poco después de que se retiraran todos los ciudadanos estadounidenses de Camboya, las tropas de los jemeres entraron en la capital e instauraron su régimen, al que denominaron la Kampuchea Democrática.
En nuevo gobierno jemer tomó distancias con Vietnam y se acercó a China. Ello variaba la geopolítica tradicional de la península de Indochina, pues Vietnam no veía con buenos ojos la presencia de un aliado chino a su espalda. La tensión entre ambos países se plasmó en la invasión vietnamita de 1978, que fue bien vista por la mayoría de países. No obstante, la presencia de un aliado de la URSS en la misma frontera tailandesa tampoco era aceptada por Estados Unidos ni por China. Por ello las guerrillas de los jemeres recibieron armamento británico y norteamericano para sostener su lucha contra Vietnam, que permaneció en el país hasta 1989. En esa década Camboya se convirtió en el epicentro de la guerra fría en Indochina, enfrentándose Vietnam y la URSS por un lado, y los Jemeres Rojos, con la ayuda de Estados Unidos, Gran Bretaña y China, por otro.
En el año 1991 se formó un gobierno de coalición, presidido por el príncipe Norodom Sihanouk, y del que también formaron parte los Jemeres Rojos; desde entonces el país ha entrado en una vía de normalización internacional.
Bibliografía:
Affonço, D. (2010). El infierno de los jemeres rojos. Barcelona: Libros del Asteriode.
Aguirre, M. (2009). Camboya. El legado de los Jemeres Rojos. Madrid: El Viejo Topo.
Jemeres rojos (Sin fecha). En Wikipedia. Recuperado el 08/05/2017 de https://es.wikipedia.org/wiki/Jemeres_rojos
Rivas Moreno, J. J. (2015). Pol Pot y el genocidio de Camboya. Retrieved from http://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2015/01/12/54b3a210ca4741563b8b457a.html
Salazar, F. (2016). El devenir del año cero, los Jemeres Rojos en Camboya. Retrieved from El Orden Mundial en el siglo XXI website: http://elordenmundial.com/2016/09/15/los-jemeres-rojos-camboya/
Excepcional interés tienen también las películas: Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé y Primero mataron a mi padre: una hija recuerda (2017) de Angelina Jolie

sábado, 6 de mayo de 2017

Los territorios no autónomos: el colonialismo en el siglo XXI


La entrada se ha publicado anteriormente en mi nuevo blog Sobre Historia

https://miradahistorica.com/2017/05/02/los-territorios-no-autonomos-el-colonialismo-en-el-siglo-xxi/ 

El concepto de colonialismo ha caído en un cierto desuso porque ha quedado asociado a procesos históricos propios de los siglos XIX y XX y, en consecuencia, resulta extraño al devenir del siglo XXI. Pero es una falsa apariencia: continúan existiendo colonias. Es cierto que el colonialismo actual poco tiene que ver con el colonialismo que caracterizó los siglos pasados, por ello resulta necesario establecer unos criterios conceptuales que nos permitan saber de qué estamos hablando.
El colonialismo o imperialismo colonial se desarrolló entre finales del siglo XIX y principios del XX. Consistió en la ocupación militar, el dominio político y la explotación económica de un territorio que es controlado por una minoría de funcionarios, militares y empresarios que ejercen el poder sobre una población nativa más numerosa, catalogada como inferior y marginada  de todos los órganos de dirección del territorio. Las relaciones entre metrópoli y territorio colonial tienden siempre a favorecer a la primera en detrimento de la segunda y la finalidad del domino puede ser económica, estratégica o política. Estas características no definen el colonialismo actual.
Nativos africanos rinden pleitesía a las tropas británicas. Finales del s. XIX. Fuente: http://www.occupy.com/
Otro concepto que podría prestarse a confusión utilizándose para explicar el fenómeno que vamos a analizar es el de neocolonialismo. El neocolonialismo implica que la dominación ya no se realiza mediante el control político y militar directo, ya que el territorio ha logrado la independencia de la metrópoli, sino  que la prevalencia se efectúa a través de las relaciones de dependencia económica, dirigidas ahora por las grandes empresas y aplicadas mediante el control de los mercados internacionales. Aunque es cierto que este fenómeno sí continúa mostrándose en la actualidad tampoco lo podemos aplicar al caso que nos ocupa que es bien diferente ya que los territorios en cuestión no son independientes..
Como ejemplo representativo del tipo de relación que nos interesa hemos escogido las colonias que Gran Bretaña aún mantiene bajo su dominio. Este país todavía conserva once de los dieciséis territorios no autónomos reconocidos por la Organización de Naciones Unidas. A estos hay que sumar otros territorios con situaciones jurídicas de distinta índole pero con características políticas, estratégicas y económicas parecidas.
Ya hemos señalado que para intentar comprender este fenómeno no nos sirven los conceptos mencionados antes. Las relaciones entre la metrópoli y la colonia son de índole distinta a las clásicas relaciones coloniales de la misma manera que los derechos y posibilidades sociales, políticas y económicas  de la población de estos territorios son muy diferentes de los que poseían los pueblos colonizados en el siglo pasado. Todas estas colonias se gestionan mediante acuerdos entre la población autóctona y la metrópoli. En estos acuerdos se establece que la presencia británica está representada por un gobernador elegido por la Reina que asume la defensa y las relaciones exteriores, mientras que un parlamento y un gobierno propio llevan a cabo la gestión interna del territorio.
Bandera británica ondeando en Gibraltar.
Fuente: The Telegraph
El listado de estos territorios es el siguiente: Islas Malvinas –incluidas las Islas Sandwich del Sur–, Gibraltar, Anguila, Bermudas; Islas Caimán, Islas Turcas y Caicos, Pitcain, Islas Vírgenes Británicas, Monserrat, Santa Elena –más Ascensión y Tristán de Acuña–, Tokelau y el Territorio Británico del Océano Índico (BIOT). Son enclaves del antiguo imperio colonial británico y, exceptuando Gibraltar, se trata de pequeños archipiélagos esparcidos por el Caribe, el Atlántico Sur, el Océano Índico y el Pacífico. Junto a las islas de Guernsey, Jersey e Isla de Man, situadas estas en el Canal de la Mancha,  conforman los llamados Territorios Británicos de Ultramar.
Territorios coloniales y regiones externas de la UE.
Fuente: Wikipedia
La casuística del interés británico en estos territorios obedece a tres tipos de razones. La primera es de tipo estratégico. Algunos enclaves cuentan con importantes bases militares, navales o aéreas, que resultan imprescindibles para el mantenimiento del status quo  de Gran Bretaña como gran potencia: Gibraltar, Ascensión, Diego García (en el BIOT). Estas bases aportan también una inyección económica destacable a unos territorios que cuentan con escasas riquezas naturales –salvo quizás las Malvinas– más allá de las posibilidades que les da el aprovechamiento turístico.
Submarino nuclear HMS Ambush en Gibraltar. Fuente: http://radiobahiagibraltar.es/
En segundo lugar podemos destacar el interés económico. No se trata de explotar los recursos naturales, muy escasos como ya hemos apuntado; actualmente la mayoría de estos enclaves se han constituido en paraísos fiscales donde han instalado sus sedes infinidad de empresas, bancos internacionales y financieras que mantienen opacas sus operaciones y donde se les aplican tasas impositivas sumamente bajas. Este tipo de empresas han reforzado su papel en la actual economía globalizada.
Gran Bretaña, junto a otros países,  sigue protegiendo las practicas fiscales evasoras de muchas de estas empresas porque su sistema financiero se beneficia con ello. Es lo que ocurre en Gibraltar, Anguila, Bermudas, Guernsey, Isla de Man, Islas Caimán, Islas Turcas y Caicos, Islas Vírgenes Británicas, Jersey, y Monserrat. Como puede observarse la lista de paraísos fiscales bajo dominio británico es larga.  En las Islas Caimán, por ejemplo, con una población de unos 60.000 habitantes tienen su sede  260 bancos, 9.000 fondos de inversión y 80.000 empresas. La presencia de bancos y empresas en estos lugares beneficia también a su población al crear riqueza económica y puestos de trabajo. Estas actividades resultan, en conclusión, muy lucrativas tanto para el territorio como para Gran Bretaña. No existe, por tanto, una oposición de intereses entre metrópoli y dominio sino una conveniencia mutua.
Mapa de los paraísos fiscales. Fuente: EL MUNDO
Paraísos fiscales en el Caribe. Fuente: http://www.cancilleria.gob.ec/
En tercer lugar, el interés británico en mantener bajo su dominio estos territorios tiene también un componente de prestigio político. Abandonar uno de estos enclaves por presiones o mediante el uso de la fuerza es inconcebible porque atentaría contra su rol de potencia democrática. Su control se justifica moral y políticamente en el respeto al deseo de la población. En principio, el argumento es difícilmente rebatible pero se olvida también que una parte importante de la población de esos territorios es británica o tiene esa nacionalidad y que, además, los niveles de vida que poseen se deben a prácticas económicas poco compatibles con los estándares de legalidad y competencia leal, que no serían posibles sin la protección británica. Beneficios que también se perderían en caso de desmantelarse las bases militares británicas. Por ello cuando se ha consultado a la población, los resultados han sido obvios: mantener el estatus actual –referéndums en Malvinas (2013, con el 99,8 % de votos favorables a seguir bajo el dominio británico) y Gibraltar (2002 con el 98,4 % favorable a mantenerlo)–. Estos plebiscitos, además, solamente se han celebrado en los dos únicos enclaves que son reclamados por otros países. Pero esta justificación olvida algo fundamental: que la naturaleza de su existencia es el hecho colonial, aunque este haya variado sus características con el paso del tiempo y constituya ya no una carga sino un beneficio.
Bibliografía.
BBC Mundo. (2010). Lo que queda por descolonizar 50 años después de la resolución de la ONU. Recuperado 1 de mayo de 2017, a partir de http://www.bbc.com/mundo/noticias/2010/12/101213_descolonizacion_aniversario_comite_onu_jp.shtml
Hernández Sandioca, E. (2014). El colonialismo (1815-1873): estructuras y cambios en los imperios coloniales. Madrid: Síntesis.
Hernández Vigueras, J. (2005). Los paraísos fiscales. Madrid: Akal.
Martín, A. (s. f.). Gibraltar y las otras colonias del siglo XXI. Recuperado 28 de abril de 2017, a partir de http://www.20minutos.es/noticia/858799/0/gibraltar/colonias/siglo-XXI/
ONU. (s.f.). Las Naciones Unidas y la descolonización. Recuperado 1 de mayo de 2017, a partir de http://www.un.org/es/decolonization/questions_answers.shtml
Quílez, R. (2012). Territorios no autónomos. Las colonias del siglo XXI. Recuperado 1 de mayo de 2017, a partir de http://www.elmundo.es/especiales/2012/internacional/malvinas/otros-territorios/